HALLOWEEN EN EL GOLF

La pasada semana estuve comiendo en una de las cafeterías que han abierto en La Coruña en la playa de Riazor. El lugar es muy agradable y la vista sobre la ensenada del Orzán es maravillosa. A todas luces lugar recomendable.

medio-halloEn mi embelesamiento con el paisaje me acordé que cuándo yo estudiaba en el Instituto Masculino de La Coruña teníamos un sacerdote que para explicarnos lo que sería permanecer toda la Eternidad en el Infierno, nos hacía un símil con la playa de Riazor. Imaginaros que un pajarito, cada año, retirara un granito de arena de la playa y lo fuera trasladando a otro lugar, esa labor le llevaría lustros, siglos, millones de años… pues cuando la playa la haya vaciado, evidentemente no el mismo pajarito, aún no habrá terminado la Eternidad y si alguno de vosotros hubiera fallecido en pecado, porque esa mañana le hubiera contestado mal a su madre, aún seguiría en el Infierno. Decirnos esto a nosotros, cuándo teníamos 12 años y estábamos en camino de quedarnos ciegos, era amargarnos la existencia.

Saco este tema a colación porque hace unos días me enteré que un jugador de golf de mi ciudad puso en su testamento vital que, además de ser incinerado, sus cenizas fueran esparcidas por su campo. El hombre se “salvo” de que no se cumpliera su deseo por los pelos ya que unos días después, ahora, el Papa Francisco ha prohibido esta práctica, claro que si le van a hacer el mismo caso que con lo de no desearás a la mujer del vecino… Parece ser que el hombre era muy friolero y no quería que se vertieran en el mar y no se le ocurrió otro lugar mejor.

Y pensando en ello, no es muy descabellado llegar a la conclusión que su familia las ha depositado en el lugar más obvio del campo para estos menesteres, un bunker y aquí es cuando me ha entrado un yuyo de narices. ¿Se diferencia mucho un bunker del infierno? Si hay algún lugar de donde solemos salir quemados cuando jugamos al golf, es éste. En primer lugar no entiendo como se puede cambiar la paz de un campo santo por un lugar, en otro campo, en donde entran máquinas a “planchar” con el difunto dentro. Los jugadores también le pisan, y lo que es peor, le golpean de mala forma, en muchas ocasiones varias veces y además con saña, para después rascarle de cualquier forma, no todos, y terminar tirándole el rastrillo a su cabeza atomizada. ¿De verdad, su familia, piensa que él ahora está disfrutando del sueño eterno?

Pero si para él el lugar no es el más apropiado para nosotros menos. Yo ya he colocado en mi bolsa una mascarilla antipolvo. Ahora sacó la bola de los bunkers con el putt para no levantar polvo y, de paso, no molestar al personal. Paso el rastrillo por el lado contrario a las púas y lo deposito fuera del bunker, pero lo que no puedo evitar es llevar arena ¿ceniza? en los zapatos por lo que poco a poco, el posible difunto, va a ir cambiando de lugar y llegará un momento en que no haya un sitio del campo en donde no notemos su presencia, hasta debajo de ese chopo en donde orinamos todos, estará presente. Ahora juego con guantes en las 2 manos y la bola la tiro al lago en el 18, así que este golfista, que no quería mojarse, no lo ha conseguido del todo.

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Antes jugaba yo solo hasta última hora, ahora los hago siempre en compañía y antes del atardecer ya estoy en mi casa después de haberme dado con la máquina del aire hasta en las pestañas. No quisiera vivir mi Halloween personal solo en el campo y de noche.

Pido desde aquí responsabilidad en nuestras últimas decisiones. Está bien que deseemos continuar jugando al golf en las praderas celestiales pero sin exagerar. Tanto golf, como dice mi mujer, aburre.

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